Bajó el telón de “YO SOY CARLOS MARX”

Sentimientos de una dramaturga venezolana en México

Ayer en el Teatro Coyoacán fue la última función de “Yo soy Carlos Marx”. Viví uno de los sentimientos más emotivos. Para ser teatro independiente, una autora absolutamente desconocida y una obra tan polémica y crítica como lo es esta pieza, hemos recibido un aplauso de cierre que quiero guardar en mi corazón hasta el día que me muera.

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El aplauso en su totalidad del público mexicano. Tres veces aplaudieron con todas la fuerzas de su corazón, y a todo pulmón gritaron: “ 43 Vivos se los llevaron, Vivos nos lo regresan”. Los ojos color cielo de Teresa Selma se colmaron de océanos, las lágrimas colmaron el sagrado recinto y sentí como el pecho de mi querido actor Gustavo Martínez Zárate se inflamaba de dolor. Un público “activista” qué maravilla, me dije. Un público que no sólo va colocar su trasero para expulsar una carcajada, o una lagrimita, y sentir que se vino a distraer porque la realidad lo abruma. Un público consciente de su tragedia nacional. Así he podido ver como este grito de indignación nacional se ha repetido en otras salas y otras obras, incluso en medio de la representación. Los actores que también sienten su tragedia nacional, hacen silencio, escuchan el GRITO DEL PUEBLO y luego prosiguen, sin espavientos porque alguien les arruinó el acto.

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Irónicamente, hay 43 estudiantes desaparecidos por un acto tan frívolo y absurdo como el disgusto de la esposa del Alcalde por los manifestantes que iban a Iguala, y había que retenerlos a toda costa para que no les arruinara su fiestecita. Jóvenes normalistas que protestaban por las injusticias.

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Quiero agradecer a México, por recibirme y recibir a venezolanos. Porque México ha sido siempre un país de una larga trayectoria en recibir a escritores y artistas de todo el mundo que huyen de dictaduras o desplazados por la violencia y aún siendo un país con una democracia con muchos defectos, y profundos problemas sociales acoge a extranjeros.

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Agradecer a Teresa Selma, esa mujer incansable que a sus 84 años aún toma riesgos en la vida, valiendo su derecho a su libertad, la verdadera emancipación de una mujer: El trabajo.

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Agradecer a Gustavo Martínez Zárate, actor mexicano que ha puesto en cada función su pasión y su rigor.

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A Manuel Lapayre, disciplinado hombre de teatro, amoroso ser humano. A Mariana Brito, Felipe Oliva, al flaco Mauricio en la cabina.

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A todo el equipo del Teatro Coyoacán que todos los miércoles nos recibieron con su cortesía, educación y sonrisa, que no son gestos de sumisión frente al forastero, todo lo contrario, el gesto de una cultura azteca milenaria que sorprendió a quienes vinieron a conquistarlos por allá en 1517, y exclamaron que “Estos indios tienen gestos de reyes” por su nivel de civilidad y su alto nivel de cultura. Esto es parte esencial del pueblo mexicano. Un pueblo que a lo largo de su historia ha vivido matanzas horrendas de sus ciudadanos, como la del 68, la Matanza de Tlatelolco, y la sufre a diario en manos del narcotráfico y sus vínculos con algunos políticos, y sin embargo tiene la capacidad de decir, “buenos días” “con permiso”.

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Hace días leí por casualidad un escrito en el muro de una venezolana que vive en Miami decía algo así: “A mis amigos venezolanos que comen de México, a ver si salen a manifestar”. Me quedé sin aliento. Porque pareciera que nosotros no podemos comunicarnos sin agredirnos. Me gustaría decirles a los mexicanos que el Venezolano no viene a comer y desvalijar a su nación, que no somos bandoleros, que venidos huyendo de un caos y que más allá de dejar más de 30% de nuestros ingresos en impuesto al país, venimos a cooperar en el impulso económico y cultural, a unirnos a sus sensibles luchas espirituales como nación.

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Gracias México, gracias por esta temporada que me ratifica que el teatro nos hace pensar, sentir el pulso de nuestras sociedades, y que sin lugar a dudas y sin llegar al panfleto político (porque no lo necesitamos) el teatro es una forma extraordinaria de echarle “un cachito de sangre” a la transformación espiritual de un país. Estoy convencida absolutamente de esto, sino qué fastidio que sólo sea un acto hedonista para sobar nuestra genialidad. Sin que esto impida el juego y la búsqueda estética, la belleza.

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Escribir, no nos hace superiores a nadie ni a nada, es un oficio más, y con el tiempo se me hace más común y corriente que cualquier otro oficio, sólo que nuestro oficio se basa en la observación y captura del sentimiento y comportamiento de eso que llamamos “humanidad”, pero esa capacidad bien la puede tener un carpintero que un doctor o un abogado, así que no somos extraordinarios ni extraterrestre y cuidado con los que se creen Dioses, pues desde los libros fundacionales de la cultura occidental como lo son La Ilíada y La Odisea, ya Homero denunciaba allí los terribles defectos de los Dioses: Hipócritas, intrigantes, ególatras, traidores, delirantes, violentos, resentidos. (Zeus, Poseidón, Atenea, Tetis entre algunos).

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Así fueron nuestros primeros dioses y ni hablar del Dios cristiano y el de la cultura del medio oriente. Y si así ha sido nuestra cultura de Dioses, ¿qué esperar de un simple mortal como el hombre?

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¡Gracias México, te siento… no vengo a desvalijarte, vengo a recibir y a dar, a dialogar, y el día que mi presencia sea dañina para tu hermosa tierra, ese día yo misma haré mis maletas, ya sé la salida!

Gracias Teatro Coyoacán.

Gennys Pérez

#‎DiarioDeUnaInmigrante

26 de Noviembre 2104

PD. Las fotos son de Francisco Lizarazo de las dos temporadas que ha tenido la obra en el Teatro Coyoacán.

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