Un Jueves de Comadres al que le faltó los efectos de la chicha

Dicen que una vez al año no hace daño y – por eso – aprovechando la llegada del carnaval las mujeres se reúnen para unirse, fomentar las relaciones, celebrando con  harina, albahaca y chicha, todo mezclado con alegría,  colores, complicidad, secretos y hasta revelaciones.

Jorge Accame es un dramaturgo argentino– residenciado en Jujuy – que utiliza leyendas y celebraciones del norte argentino para describir situaciones universales, pero con un toque de color local y en su obra “Jueves de comadres”, recurre a la celebración anterior al carnaval para hablarnos del encuentro entre mujeres, donde está prohibida la presencia masculina, aunque ellos sea el principal tema de conversación

Ellas nos critican mientras toman alcohol, tocan la caja y cantan coplas… hasta aquí nada distinta a lo que sucede en los jueves de compadres, que se realiza una semana antes. Sin embargo, en el texto de Accame suceden cosas que van despertando por la ingesta de alcohol, en forma de chicha, que no emborracha de una, sino que lo hace suavemente.

Tres mujeres – en este caso estudiantes de la escuela provincial Tito Guerra, coordinado por el profesor Gerardo Albarracín– asumen las personalidades de Dedicación, Catalina y Sonia para contarnos la magia de lo que sucede en estos jueves de comadres, historias de vida que desnudad una realidad que muchas féminas viven a diario y es el miedo al qué dirán y la violencia contra las mujeres.

Matilde Liquin, Cecilia León, Cristina Jaramillo se vistieron de los personajes de Accame, para interpretar en el multiespacio “La mar en Coche” esta fiesta de colores, calor y complicidad de acciones que se desencadenan el miércoles de ceniza, con revelaciones, sangre y dolor, pero con el compromiso de las comadres de estas unidas, en los tiempos buenos y los malos.

Este montaje contó con la dirección, luz y sonido de Carla Farfán, quien intenta que el espectador entre en ese mundo de fantasía, magia del carnaval, el calor y olor a harina, albahaca y chicha. Sin embargo, se queda corta al tratar de transmitir ese ambiente, que no dejó de ser un “buen” intento por lograr un trabajo acabado pero que no pasó de allí.

Las actuaciones se notaron falsas,  sin brillo, muy marcadas por la dirección y la falta de experiencia. Los textos se repetían uno detrás del otro, sin la debida superposición de frases que surge al calor de una conversación donde está presente el alcohol. Los movimientos eran muy lineales, con poca o nula distribución por el espacio escénico.

No pretendo que las actuaciones sigan el método de Constantin Stanislavski, sobre la memoria emocional y la memoria efectiva, que ha llevado a algunos actores al exceso al interpretar sus personajes, principalmente cuando son roles de alcohólicos, drogadictos o violentos, pero sí creo que la interpretación debe mostrar a personajes se vean “vivos” en el escenario. Esto se logra con ensayos enfocados en la vida interna de los personajes y todos en mayor o menor grado hemos experimentado los efectos de las bebidas alcohólicas en nuestro cuerpo y aquí en este montaje parece que se les olvida.

El teatro tiene que convencer, conmover, que algo suceda en el interior del espectador y lamentablemente eso no se logró en esta puesta en escena de “Jueves de Comadres”, más allá de los aplausos de los familiares, amigos y compañeros de la escuela.

Por muchos planes que hagamos, la vida siempre nos impone su libreto y Jueves de Comadre recuerda que una fiesta alegre, o una obra de teatro, pensada para divertirse y pasar el rato puede terminar en tragedia, porque la vida misma es un drama, o esa es mi Visión Particular.

Francisco Lizarazo

@visionesp

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