Abrazando el cañaveral

La vida no debería ofrecernos dos veces la misma obra.

Anónimo

Para los enamorados, el amor salva, pero también puede ser una condena. Para los padres, cualquier sacrificio es poco con tal de dar una mejor vida a sus hijos.

Patricia Noemí Alarcón escribió “Abrazando el cañaveral” una obra de teatro que habla del amor, pero desde la perspectiva de la violencia, de esa que vivió Argentina en la época de la dictadura, y que hizo que muchas madres tuvieran que plantearse mecanismos para salvar la vida de sus hijos.

El texto de Alarcón viene siendo representado por Verónica Nadal, Diego Valdez Lourdes Ibarra y Sebastián Jeréz  como parte del proyecto “Ciclo de Teatro Semimontado: La noche del apagón”, que trata sobre la noche trágica del 27 de Julio de 1976.

Ya había visto la obra como parte de una dupla (junto a  “Gritos y silencios en los cañaverales” de Natalio Bognanni) pero está vez la vi en el Colegio Secundario de Arte n° 42 y a diferencia de la primera vez, en esta oportunidad no sentí la magia de la puesta ni del texto.

La obra trata de la relación de una madre y su hija, frente a la verdad que se encierra en su relación con el abuelo, que no es tal, sino un soldado que estuvo en los fatídicos días de la noche del apagón en Ledesma. El drama está cuando la hija se entera de la verdad de lo sucedido a su madre y a quien ella llama abuelo.

Sin embargo, dentro de la pieza hay teatro dentro del teatro y como si fuera una entrevista a la hija se desenreda otra trama, añadida a la historia de Alarcón,  sobre la historia de un niño que fue salvado y llevado de Ledesma a Buenos Aires, para evitar que fuera otra víctima, pero la vida del niño se ve trastocada como varón y crece como una niña, lo que luego asume como condición natural en su forma de ser. Sin embargo, a ese niño se le violan sus derechos de identidad, ya que nunca se le preguntó cuál era su sentir y se le obligó a ser algo nuevo.

Ambas historias son verídicas y por eso se justifica que se entremezclen y se fusionen en un solo relato, pero mucho de lo que cuento solo es entendido por el público una vez que se realiza el foro al finalizar la función. Quiere decir que quien no se queda para el debate, yo generalmente no me quedo, se pierde información que debería estar en la pieza y no luego.

La puesta cuenta con un diseño audiovisual y registro fílmico de Sebastián Jerez que da fluidez a la pieza, ayudando a crear una atmosfera lúdica dentro de un tema tal actual y crudo, aunque hayan pasado años de estos hechos.

Aunque los alumnos del Colegio de Arte mostraron su satisfacción por el montaje e incluso participaron en el foro de discusión destacando aspectos sobre la intencionalidad el tono del color de las luces o del vestuario, que está muy bien que lo hagan,  yo debo agregar que las actuaciones estaban desfasadas. Por un lado, Lourdes Ibarra estaba excedida, sobre actuada, casi gritaba sus parlamentos, mientras que a Diego Valdez no se le veía en personaje, estaba repitiendo letra, al igual que lo hacía Sebastián Jeréz, que como presentador y entrevistador no daba la talla del personaje. La única que en esta ocasión sí convencía con sus movimientos, sus intenciones al decir el texto era Verónica Nadal, de ahí que se notará tanto el desnivel en las actuaciones.

El teatro, entre otras cosas, es el conservador de la memoria, es aquel arte que nos permite reflexionar e interiorizar lo que somos como especie. Que los jóvenes vean obras teatrales que les recuerden quiénes son y qué han debido pasar los mayores pata que ellos tengan la vida actual es importante, como también lo es que los dramaturgos se atrevan a escribir sobre estos temas sensibles, que no son fáciles de tratar por su aún cercanía en el tiempo  y también es necesario que el teatro independiente – como sucede en Jujuy – haga suyo estas historias para que puedan llegar a más públicos y tengamos audiencias cada vez más exigentes, no solo con el hecho teatral, sino con la vida y sus autoridades, o esa es mi Visión Particular.

Francisco Lizarazo

@visionesp

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