En la panorámica sonora de un país de enamorados, entre líneas, para cerrar el mes de los amorosos, presentamos esta breve historia de la lírica franca, para todos los melómanos románticos y sentimentales. Más de diez siglos de música gala, donde la voz fuera usada como el primer instrumento, mientras que las melodías llegaran en el barroco, los genios de lo clásico, la era dorada con la chanson moderna, el galope de las cuadrillas de señoritas con el cancán y las nuevas generaciones.

Primeros sonidos… de lo medieval a lo revolucionario 

Nos remontamos a los tiempos de la música antigua, cuando el papa Gregorio I Magno, en el siglo VII, brindara una evolución del canto romano al galicano, otorgando las bases del medievo canto gregoriano “oganum” del siglo IX y que a su vez, diera vida a las voces de capilla o mejor conocidas como a capella.

El ars antiqua se desarrollaría en los siglos XII y XIII, principalmente con la melodía litúrgica de los ensambles vocales sacros u “organum polifónico”, que fueran creación del compositor, poeta y profesor de la Escuela de Notre Dame, Magister Leoninus.

En aquellos tiempos, al norte de Francia, aparecen una serie de poetas líricos y compositores llamados trovadores, quienes interpretaban sus trouvére, la primera composición documentada fue el “Chrétien de Troyes”.

Los trovadores, con el paso del tiempo, fueron identificados como poetas musicales de la nobleza, quienes con sus sonidos literarios inspiraban a la realeza, mientras que los juglares componían para el pueblo marginado, al ser el laúd el instrumento predilecto de estos genios de la melodía entintada.

El siglo XIV trajo el ars nova, donde ritmos, temas y melodías recreaban una nueva complejidad tanto armónica como vocal al incluirse las llamadas formes fixies, integradas por la ballade, el rondeau y el virelai en la poética musical de los cantos profundos. Phillippe Vitry fue el primer compositor de estas tres líricas formas y el primer repertorio fue escrito por Guillaume de Machaut en el siglo XV.

La música barroca aparecería en el siglo XVII y con ella, la ópera francesa, que iniciara en la corte del rey Luis XIV con la obra del italiano Jean-Baptiste Lully, Cadmus et Hermione de 1673. Además Lully fue el creativo de la innovadora “tragédie en musique”, donde se fusionaba el ballet con la escritura coral.

Otros goces del periodo barroco son: Les Indes galantes (1735) de Jean-Philippe Rameau o la íntima suite Sarabande del fundador de la l’École Française de Clavecin, Jacques Champion de Chambonnières. En el rococó, Francois Couperin, reconocido compositor, organista y clavecinista francés aporta las hermosas suites Les Nations.

Llegamos al periodo revolucionario, los trágicos años de 1789 hasta el golpe de estado de Napoleón Bonaparte en 1799, tiempos donde la lucha contra el régimen monárquico, los privilegios feudales, la miseria existente entre clases populares urbanas y la explotación del campesinado, serían plasmadas en el Himno Nacional de Francia: “La Marseillaise”, originalmente titulado “le Chant de guerre pour l’armée du Rhin” -“Canto de Guerra para el Ejército del Rin” en español-, escrito por el compositor militar Claude-Joseph Rouget de Lisle en 1792.

La música clásica francesa en el siglo XIX brindaría a grandes genios como Hector Berloiz, Claude Debussy, Maurice Ravel, Camille Saint-Saëns, Erik Santie o George Bizet que musicalizara la ópera dramática en cuatro actos Carmen (1875), obra adaptada de la novela homónima de 1845 escrita por Prosper Mérimée, pero existen muchos más que parecieran olvidados: Édouard Lalo con su Sinfonía española (1874); las Sonatas para órgano de Félix-André Guilmant; Vicent d´Indy con su orquestal Día de verano en la montaña; así como el primer impresionista musical Emmanuel Chabrier.

La mujer en los sonidos de cámara, es otro tema, ya que la escena musical era dominada por varones, pero dos ejemplos de brillantes compositoras son: Cécile Chaminade, que fuera reconocida con la Legión de Honor o Lili Boulanger, primera dama en ganar el Premio de Roma en 1913.

A mediados del siglo XIX, el término folklore, acuñado por el británico William Jhon Thoms para enaltecer la cultura campesina, fue resultado del cambio ideológico, intelectual y político de las revoluciones en Europa. La música folclórica francesa se había preservado gracias a la tradición oral, pero fue admirada entre la “sociedad moderna” hasta el siglo XIX, aunque en las diversas regiones del país galo se contaba con un estilo musical distinto, incluso la gaita fue incorporada entre los poblado francos en el siglo XVII.

La chanson… herencia y legado

Regresemos unos diez siglos atrás, cuando la voz humana generaba el ritmo, melodía y armonía en una composición, el estilo coral sacro a capella. En el Renacimiento italiano, surgió un descendiente rebelde de estos cánticos espirituales: el madrigal, que ensamblaba de tres a seis voces y a diferencia de los coros religiosos, esta lírica vocal era profana, con un lenguaje más popular y en algunos casos incluía instrumentos musicales, al destacar a autores como Phillippe Verdelot con el “Primer Libro de Madrigales” de 1533, Pierre Attaignant o Claude Le Jeune.

La herencia del madrigal junto con las formes fixies y la poesía musical de la trouvére, crean en el siglo XV un nuevo sonido… la chanson, en la que figuran como primeros exponentes Guillaume Dufay y Gilles Binchois con sus “Chansons borgoñonas”.

Clément Janequin, aparece como el principal exponente de la chanson amorosa en el siglo XVI, que junto a su colega Claudin de Sermisy, realizan las llamadas “Chansons parisinas”, las cuales dieron paso a las canciones solistas, que con el tiempo se convertirían en canzona, considerada la madre de la sonata.

La chanson entre melodías de salón y el aporte del lider alemán, dan a la música clásica su sofisticación entre músicos como Schubert, Niedermeyer, Lalo, Chausson o Debussy en el siglo XVIII y XIX.

El siglo XX con Charles Trenet, considerado el “padre de la canción moderna”, con su inolvidable tema “La mer”, dieron una nueva generación de cantautores, liderados por la “Reina de la chanson francesa” Edith Piaff, que posicionara las principales joyas de este periodo como: “Non, je ne regrette rien”, compuesta por Michel Vaucaire y Charles Dumont, la aclamada y muy versionada canción “La vie en rose”, la desgarradora “Na me quitte pas” de Jacques Brel o el vals peruano del argentino Ángel Cabral “Que nadie sepa mi sufrir”, que en voz de Piaff se escucha como “La foule”.

Otros aclamados artistas son Charles Aznavour, el “Embajador de la chanson francesa”, quien inmortalizara “La bohéme” en 1966; “Les feuilles mortes” de Jaques Prévert y Joseph Kosma en voz de Yves Montad; “C´est is bon” de Henri Betti y André Hornez, internacionalizada por Louis Armstrong; Claude François “Cloclo”, que compusiera uno de los éxitos mundiales más famosos del siglo XX, “Comme d´habitude” de 1967, que fuera versionado por Paul Anka y Frank Sinatra como “My Way”; “Paroles, paroles” con el dueto de Alain Delon y Dalida; el rebelde Serge Gainsbourg que interpretara “La marsellesa” en reggae y que incluyera sonidos de un orgasmo femenino en su canción “Je t´alme… moi non plus”; o el erotismo sonoro de Pierre Bachelet.

Generaciones… del cancán, siglo XX y el nuevo milenio

El sugestivo, liberador y empoderado bailable del cancán, donde la mujer era ahora la que seducía y que apareciera del cabaré francés como parte del music hall europeo en 1840, la cuadrilla de señoritas que entre split, piruetas y patadas altas dejaran al espectador embelesado.

El llamado “chahut” era un alboroto, un escandaloso espectáculo para la sociedad del siglo XIX, acompañado por los ecos del galop infernal del compositor y violonchelista judeoalemán nacionalizado francés Jacques Offenbach, y que ochenta años después fuera internacionalizado desde el Molin Rouge por el coreógrafo Pierre Sandriti, trazado en las pinturas de Picasso, Toulse-Lautrec o Rouault y hasta reproducido por Cole Porter en el filme Can-Can (1960). 

En los años treinta, el maestro de las cuerdas Jean Baptiste Reinhardt, quien naciera en un campamento romaní belga de Liberchies, funda en 1934 el Quintette du Hot Club de France, donde el swing y la lírica manouche se funden en la parisina “Ciudad de la luz” para brindarnos el gypsy jazz, del que se desprenden célebres temas como: “Minor Swing”, “Djangology” o “Nuages”.

La música de las colonias francesas como el gwo ka, nombre de una danza, música, instrumento y canción de las islas Guadalupe que cuenta con siete ritmos, dedicados al amor, la guerra, la fertilidad, la agricultura y hasta el carnaval.

El beguine de las islas Guadalupe y Martinica, es una especie de rumba lenta, popularizada por Cole Porter con el tema “Begin the beguine” en 1935 o “Beneath the southern cross” de 1952 escrita por Richard Rodgers.

Otro ritmo colonial es el zouk, que data de la década de los años ochenta en las Antillas francesas, derivado de la sonoridad carnavalesca y fundado por la banda Kassav, que entrelazó la música local con los ecos del cabaret francés, la tropicanía latina ochentera y su baile es bastante cercano.

Los sesentas con sus francas chicas ye-yé, influenciadas por las girls groups, el R&B y el pop estadounidense, representado por la hermosa Isabelle Geneviève Marie Anne Gall, más conocida como France Gall o llamada la “lolita francesa”. Resulta que el ye-yé se volvió un fenómeno nacional en las tierras galas gracias al programa de radio Salut les copains, donde el locutor Daniel Philipacci, revelaba el “chouchou” de la semana o el éxito femenil de moda, posicionando a las jóvenes promesas del pop con maquillaje.

Mientras que en la escena de lo orgánico, experimental e incluso clásico, evolucionaría también en esta década un nuevo sonido: el espectralismo, fundado en 1973 por el famoso Ensemble l’Itinéraire, integrado por los compositores Michaël Lévinas, Tristan Murail, Hugues Dufourt, Gérard Grisey, y Roger Tessier, que se basa en el descubrimiento de la naturaleza musical y en la descomposición espectral del sonido.

El hip-hop francés llegaría en los ochenta desde los ecos callejeros de los Estados Unidos, hasta las comunidades afrodescendientes y coloniales de Francia, como una forma de expresión ante la violencia policial, el racismo encubierto y la indiferencia social, que tuvo como principal estrella a DJ Dee Nasty, quién llegara hasta la ciudad neoyorkina en su Rap Tour para compartir escenario con Afrika Bambaataa, Grandmixer DST, Fab 5 Freddy, Mr Freeze y Rock Steady Crew. Los galos son la segunda escena hip-hopera a nivel mundial.

A finales de los ochenta, el hip-hop con su sampling, la influencia del house y el groove setentero afroamericano, hacen sus coqueteos rítmicos para crear el french house, del que nacen proyectos como Daft Punk, Cassius o Motorbass.

Sumemos la chanson francesa del siglo XX, el rock y el indie, esto en la melomanía noventera es igual a la nueva chanson, el revival de aquellos grandes cantantes de los treinta a los setenta, que en el nuevo milenio serían retomados por los artistas Dominique A., rockero que brillara al lado del minimalista multi-instrumentalista Yann Tiersen; Benjamin Biolay, que fuera nombrado por la crítica como “El nuevo Serge Gainsbourg”, principalmente por su disco Trenet (2015);  la cantante Isabelle Geffroy, conocida como Zaz, que en el 2014 lanzara su disco en homenaje a Paris; entre muchos otros artistas de la nueva canción gala como Carla Bruni, Charlotte Gainsbourg o Bertrand Bestch.

Glen Rodrigo Magaña

@HomoEspacios / @glenrod85

 

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