Nina y Tamia, las que tejen y destejen

Dos amigas, una mayor y otra más joven, aunque en realidad aquí poco importa la edad, conversan, van tejiendo por toda la sala, se cuentan cosas, de su vida, de sus amores, pasiones, en lo que en la película “Calles de Fuego” llamaban  en “otro lugar, en otro tiempo”.

La vida,  ideas políticas y – principalmente – la familia son temas que tratan Nina y Tamia mientras trabajan en sus telares, pero como modernas reinas de Ítaca, destejen toda su labor, como no queriendo que pase el tiempo o que no quede huella de lo que han hecho.

Amores y dramas personales son el inicio de esta trama, con la pasión que fracasa y el abuso que fue silenciado para ahora, aparecer en este tiempo y en este lugar.

Nina y Tamia son descendientes de Penélope que nos van contando anécdotas producto de la imaginación de Arístides Vargas, mezclando poesía, política y sueños en un montaje, dirigido por el propio autor y que subió al teatro El Pasillo de Jujuy – en el marco del Festival de Teatro Argentino en el NOA –  para darnos conocer lo que hacen algunas mujeres mientras tejen y van pasando revista a sus vidas, como antiguamente lo hacían las lavanderas al encontrarse en la orilla del río.

Por esta obra pasan los estados de ánimo del humor, la tristeza, con el componente político plasmado en la escena de  la mendiga y de la hada, que protagonizan un diálogo de absurdo y de actualidad donde la constante es el contrapunto ideológico buscando algo de sentido común en la actuación de la sociedad de nuestros tiempos.

Como es constante en la obra dramatúrgica de Vargas, en Nina y Tania también está presente el desarraigo y la búsqueda por la memoria perdida, por la falta de identidad.

En otra de las escenas, las lanas atraviesan el escenario y los hilos se van encadenando en varias poleas, que a la larga pareciera una red, un mecanismo de relojería o una malla para que todo sea dicho, nada se oculte y la verdad de estas mujeres se conozca.

Todo lo que ellas tejen durante el día, luego es destejido, mientras en escena esas hebras de lana nos remontan a lugares, paisajes haciendo que cada nuevo paisaje traiga a la memoria recuerdos, ideas, sueños.

Nina y Tamia, interpretadas por Liliana Moreno y Silvina Muzzanti, nos dan a conocer sus vidas a retazos, con cambios de vestuario de acuerdo a la situación y textos  que evocan otros tiempos, otros lugares, pero donde lo “memorable” no está presente en esos diálogos y monólogos como en otras obras de Vargas y son las imágenes, las acciones de la misma dirección del dramaturgo las que nos quedan presentes, las que nos hacen sentir que en las vidas de esas dos mujeres, amigas, hermanas, no importa el lazo, sino la construcción de uniones, más que el final en sí mismo.

Además de la puesta y dirección de Arístides Vargas, la dirección de actores está a cargo de Charo Francés, la escenografía es de Alejandro Mateo, que envuelve todo, no deja centímetro del escenario sin su recorrido con la lana;  la iluminación la hizo Leandra Rodríguez, que es delicada, poniendo el acento en algunas acciones determinadas, o en las caras cuando se debe destacar un texto; la música es de Germinal Marín, que evoca momentos, sentimientos, nostalgias y nos facilita la entrada a esa complicidad de las dos mujeres; la fotografía es de Gabriel Cohen Falah, mientras que el entrenamiento en clown lo hizo Pablo Algañaraz y el entrenamiento vocal está a cargo de Olga Farias, todo con la producción de La Domenica.

De Nina y Tamia hay que destacar el trabajo actoral, la movilidad de Moreno y Muzzanti, así como la magia en la puesta, el uso de la lana como eje conductor o envolvente de las situaciones. El espectador se puede sentir identificado con muchas de las cosas que dicen las actrices y eso es algo que el teatro siempre debe hacer: tocar fibras del espectador, para que nunca salga de la sala siendo el mismo que cuando entró a la ver la representación, o esa es mi Visión Particular.

Francisco Lizarazo

@visionesp

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