El Circoya y su Segunda Varieté

Nada causa tanta alegría como ir al circo, porque ahí los niños dejan libre su imaginación y piensan en las cosas que ellos pudieran hacer, mientras que los adultos vuelven a ser niños y liberan su espíritu porque… ¿quién no se imaginó de chico ser parte de un circo y viajar conociendo el mundo?

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El hombre caminaba sin demasiada consciencia, según cuentan, durante sus andaduras nocturnas, y cuando atravesaba el callejón se detenía en los dos espejos que había. Uno era cóncavo y el otro convexo, y tenían la virtud de deformar a las personas al completo. A Ramón María del Valle-Inclán le pareció que esos espejos situados en el callejón del Gato no deformaban simplemente. Reflejaban el mundo que lo rodeaba, demostraban el esperpento de la vida.